Finalmente, Kino, Juana, y su bebé asesinado vuelven al poblado al atardecer para posteriormente deshacerse de la perla que tantas desgracias les ha causado. De nuevo, les precede la noticia de que están de vuelta, que se pasa de boca en boca; así, los vecinos del pueblo salen de sus casas para contemplar su llegada, envuelta en un halo de misterio y desgracia. Todo ello conforma una imagen realmente sobrecogedora que se ve intensificada por el ambiente en el que sucede: las últimas luces del atardecer que recortan la silueta de los protagonistas, alargando sus sobras ante las asombradas miradas de quienes han salido a recibirlos.
Esta ilustración se ha incluido a modo de epílogo, al igual que la parte de la narración a la que corresponde.
“Era ya el final del dorado atardecer cuando los primeros niños, a la carrera, histéricos penetraron en el pueblo he hicieron correr la voz de que Kino y Juana regresaban. Y todo el mundo se apresuró a salir a verles. El sol se ocultaba tras las montañas del oeste y las sombras en el suelo eran alargadas, Y quizás haya sido eso lo que causó tan profunda impresión en quienes les vieron.”